Érase una vez un país muy cercano

31/10/09 Comentar comentar

Andrés Hernández

El abuelo narraba a su nieto. Érase una vez un país donde su Regidor, que no Rey vivía en una nube de estupidez colosal, todo eran parabienes y lujos, se criticaba la reciente historia del país y la de medio siglo atrás, un país en el que la historia se perfilaba bajo un nuevo modelo, falseándolo y engañando a la historia con otra inventada, como si fuéramos imbéciles, bueno algunos sí, se manipulaban los datos económicos y mientras se criticaba la miseria que asolaba al país décadas atrás. La realidad era que en el siglo XXI, una ingente población vagaba entre contenedores buscando en las basuras, intentando llevarse algo a la boca, aunque fuera eso, desperdicios. Se engañaban los datos económicos diciendo al pueblo llano que la economía se refortalecía cuando casi un cuarto de la población estaba en paro, algunos de ellos, a lo PER, les bastaban de esas ayudas, otros, al contrario, necesitaban un trabajo para asegurar el mínimo sustento a su precaria familia, pero eso eran farsas de bambalinas y no tenían sentido mediático. Alguno osaba llamarle a este rey inventado, príncipe de los mendigos, pero llegó la era del papel cuché a la embajada presidencial, y de golpe, bordeando su propia censura y a base de fotos inapropiadas nos encontramos con la tenebrosidad, oscuridad y lobreguez de las modas impuestas, de negro y aterrante, descubrimos la verdadera cara del príncipe de los mendigos, no era otro que el príncipe de la tinieblas en clara analogía con el “gothico” destino del país, en tinieblas.

Se criticaba a los que antaño gobernaban y curiosamente se establecía bajo el paraguas de algo que querían llamar democracia, era legislar a golpe de talonario y con hipotecas más dignas de chantajes que de expresión popular y los sindicatos haciendo la ola. No había trabajo, se pasaba hambre, el delincuente acampaba por sus respetos, los jueces parecían astronautas, la policía era repudiada y banalizada, las empresas se hundían y arruinaban a sus trabajadores, los impuestos, que antes eran de fachas de golpe eran progresistas, mentiras que surtían efecto. Por otro lado un grupo de comediantes de la noche, de barra y borrachera acaparaban el sustento inventado, la cultura tomaba tintes de penumbra, la educación se gestionó en despachos de ingeniería política con adoctrinamiento de las masas, despacio pero sin pausa. Las redes sociales de comunicación manipulada invadieron los centros escolares con gestión tramposa, lo intrascendental ocupaba los medios, personajes de catacumba intelectual dominaban los “prime times” y poco a poco unos cuantos vivían y otros sucumbían como lacayos de una sociedad improvisada. La historia se repetía en el siglo XXI y por tercera vez se daban los mismos compases socioeconómicos y por tercera vez el fracaso se adivinaba, la mesura hacia que nadie tomara el testigo de la recuperación quizás porque algo se aprendió años atrás así que, descolgados del resto del continente, como leprosos, eran incapaces de levantarse…
Ufff… que mal sueño he tenido, ¿o no?

Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Abraham Lincoln. ¿Despertaremos antes de la ruina total?

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